Plano de Matamoros en 1846 en el que se observan con claridad los esteros aledaños a la ciudad, en esa época secos, pero que denotan el antiguo curso del Río Bravo a través de sitios en el que se encontraba. También se distingue el cuadrángulo verde de la Alameda, un parque inspirado en la ilustración y en las modas del Siglo XIX, que desgraciadamente no sobrevivió.

A partir de enero de 2007 una imponente figura metálica se enraizará formalmente en el amplio horizonte en el que se enclava la ciudad de Matamoros, destinada a convertirse en una referencia obligada de esta urbe fronteriza.

Pero eso no es todo. Lo relevante es que la notable escultura férrea se levanta justo en el sitio primario donde tuvo origen Matamoros y que a la vez es un resabio geográfico del curso del río Bravo, corriente que en gran medida hace atribuible sus características simbólicas de puerta, de pasaje, de umbral y a la vez de punto de contacto entre dos culturas diferentes.

Me explico. Este lugar, llamado coloquialmente el “Olímpico” a raíz de la popularización local del juego de fútbol con motivo del Mundial de 1976 en México y casi el único sitio en el que se podía practicar, era en realidad un llano artificial. Es decir, apenas unos años atrás había sido hecho a base de un relleno que requirió millares de camiones de tierra, en un esfuerzo por nivelar y crear las condiciones para hacer eficiente el drenaje pluvial en una zona cíclicamente inundable. Desde entonces adquirió su fama deportiva.

Sin embargo, las nuevas generaciones apenas tienen noticia de que aquello era un lugar pantanoso, insalubre, apenas a unos pasos del núcleo de la ciudad, donde proliferaban los tulares y los reptiles acuáticos, a la vez de ser refugio de diversas aves y foco de zancudos después de las temporadas de lluvias, con sus tremendos lodazales en las orillas. Se trataba simplemente “del estero”, del que ya nadie recordaba el nombre, que había estado presente siempre junto a Matamoros y al que la modernización urbana condenó al extermino en las postrimerías de la actuación de la Junta Federal de Mejoras Materiales.

Lo cierto es que se trata de un antiguo curso del río Bravo, una corriente que antaño, cuando no tenía las barreras de las obras hidráulicas o se veía mermado por el cambio climático, fluía impetuoso desde las Montañas Rocallosas y serpenteaba por la gran llanura costera aluvial de su delta sobre el Golfo de México, de tal forma que cambiaba constantemente de rumbo, modificando el terreno aledaño a sus riberas. Así, al trazar la corriente otra dirección, quedó este bajío en forma de estero

 

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